”Puedes descubrir más sobre una persona en media hora de juego que en un año de conversación.”
Platón
Yo tenía casi 10 años cuando empecé a gestionar mi cambio. Lo hice jugando al Tragabolas. ¿Recuerdas ese juego de cuatro hipopótamos que tenían que comerse todas las pelotas que saltaban en el tablero?
Por aquel entonces no tenía espíritu de equipo. Me enfadaba mucho si me ganaban y tenía muy poca paciencia. Me pasaba lo mismo jugando a un futbolín infantil. Era un niño criado por sus abuelas y muy consentido. Hoy en día diríamos que yo no tenía estrategias para lidiar con mi ansiedad, enfado y demás emociones de un niño.
Pero gracias a mi abuelo aprendí lo que tenía que hacer para ganar al Tragabolas. Cuando vio que yo empezaba a darle muy fuerte a la palanca sin conseguir el resultado que quería, mi abuelo me cogió la mano y me miró con fuerza: “¿Cuánto tiempo tarda el hipopótamo en abrir la boca desde el momento en que presionas la palanca?”. Una pregunta y mi cerebro empezó a funcionar.
Me hizo ser consciente de varias cosas: por ejemplo, predecir el movimiento de las pelotas o cómo y cuándo tenía que pulsar la palanca para que el hipopótamo se comiera una bola o varias cada vez que abría la boca. Y aunque no ganara todas las veces, empecé a disfrutar el juego. Y por lo tanto, cambié mi percepción del mismo. Y mejoré algo porque ya no me importaba tanto perder… Todo gracias a mi abuelo
Nota ProvocActiva: ¿Fue mi abuelo mi coach? Probablemente. ¿Estaba certificado mi abuelo? No vamos a entrar en esos berenjenales todavía. (link a entrada provocActiva)
Lo importante es que a través de un sencillo juego supe cómo lidiar con cosas que antes me sobrepasaban.
Como todo aprendizaje vital, olvidé esto a los pocos años. Y volví a repetir patrones. Hasta que un día, jugando al parchís, y dudando si comerme una ficha de otro jugador o avanzar para que no me comieran mi última ficha, alguien preguntó: “¿Así es cómo te come
s tus problemas en la vida? ¿Con la misma gracia?”. Otra pregunta que me empujó a salir de mi camino y dejar a un lado la inercia de mi vida. ¿Qué podía hacer para disfrutar mi existencia igual que disfrutaba evadiéndome en el tablero del parchís?
A partir de entonces, cada vez que juego a un juego de mesa observo cómo me comporto yo y cómo se comportan los demás. Aprendo más de ellos de lo que te puedes imaginar. Eso me sirve para apoyarles mejor.
Y tú: ¿de qué te das cuenta jugando? ¿Qué juegos de mesa y por qué? ¿Qué sacan esos juegos de ti? ¿Qué te enseñan y qué puedes aprender?
